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Historias de Sofía. Cap 2.

Written by on septiembre 20, 2022

Por Jennifer Barillas.

Antes de partir de este mundo dicen que los ancianos recuerdan con perfecta lucidez capítulos de su vida. Y esa mañana de martes, mientras la anciana escarbaba en la tierra negra para colocar unas siempre vivas, recordó una oración que había dejado de repetir hacía casi una vida entera. El Yo pecador.

Sofía era una niña que le gustaba preguntar constantemente sobre el por qué de cada cosa. No era particularmente inteligente y aplicada, como su hermana, quien podía crear cosas con sus manos de forma prodigiosa. Era una mente realmente brillante, Elisa, era una niña científica, tranquila y de modos suaves. El oasis en el que todo padre descansa y puede dar gracias a Dios de tener en el hogar.

La otra, Sofía ,nunca podía estarse quieta, necesitaba moverse constantemente. En las tardes, al llegar a casa, en lo que menos pensaba era en hacer tareas.

Sacarse el horrendo uniforme der radiola que la obligaban a utilizar en el colegio para ponerse su leotardo color burgundi la llenaba de vida.

La niña disfrutaba tanto ponerse a bailar e imitar maromas de Naida Comanechi por las tardes. Le encantaba tirarse dos o tres horas sin parar, con un álbum musical que se llamaba Atrapados por los clásicos. Ponía el cassette en el que sonaban Vivaldi, Mozart y otros que con sus piezas variadas hacían a la pequeña danzar de puntillas, entre saltos, y giros, sin parar.

Acabada la tarde, su hermana Elisa había completado sus tareas, y hasta había visto bailar a su hermana un rato en la sala, se había servido una merienda y luego esperaba a sus padres para la cena. Mientras que Sofía, sudada, revolcada y descalza con su leotardo, que cada vez estaba más estirado, se sentaba cansada, feliz por un lado y preocupada por otro, porque no había abierto un cuaderno en toda la tarde.

Su cabello lacio, negro como la obsidiana, colgaba en chorros por su espalda y se pegaba en la frente húmeda de sudor. Sus mejillas enrojecidas de tanto brinco, y su rostro ovalado sonriente y satisfecho de haberse sacado la energía guardada en el colegio de las monjas que tanto la exasperaban.

Ya era bastante pasar horas interminables sentada en el pupitre, obligada a escuchar las incasables peroratas de ciencias y números… lo único que le atrabapa era la literatura y los idiomas, lo demás por un oído le entraba y por otro le salía.

¡Qué desastre niña! le gritaba su tía, una mujer soltera que cuidaba de ellas por las tardes. La Tía Úrsula era mayor que su madre y se encargaba de las pequeñas de lunes a viernes.

Ese día al ver que sus padres venían exhaustos de la faena y tenían que encontrarse con el desagrado de que Sofía no había hecho la tarea, le gritó de nuevo y la reprendió halándola de una oreja.

Sofía se estresaba, pero también sabía que el momento de hacer la tarea con su mamá o su papá era un momento de tiempo exclusivo con ellos, aunque le pegaran a veces con el cuaderno en la cabeza por burra. O por lo menos así le gritaba su tía, ¡Qué niña tan burra, por Dios!

El Yo pecador.

Una mañana mientras una de las monjas les daba clase de ciencias naturales, Sofía tenía una pregunta, de esas que ponía a la hermana Zoyla del peor humor, que de por sí tenía un carácter de esos que desayunan alacranes con caldo de víbora a primera hora. Pero Sofía no podía contener la curiosidad, las preguntas se le agolpaban en el pecho y necesitaba decirlas, como una especie de lava que debía dejar oxigenar por su boca.

Hermana, preguntó la niña. Mientras la religiosa apuntaba la fecha en la parte izquierda del pizarrón.

La Chispa anda en celo, no sé si es por celosa o por qué, refiriéndose a la perra aguacatera que tenía en casa. Pero quiero saber, ¿A las niñas también nos da celo como a ellas?

La mujer dejó de garabetear y giró lentamente su espalda, buscando con la mirada a la insolente que estaba en las filas del final del salón. La mocosa endemoniada de segundo grado que le sacaba las canas de colores.

-¡Sofía!, vociferó la maestra con hábito. Váyase a la cancha bajo el sol hasta que termine la clase y reza el Yo pecador hasta que termine la hora. Y esas preguntas estúpidas no las vuelva a hacer en el salón porque a la próxima pido que la expulsen.

Las niñas del salón se quedaron frías. Sofía estaba confundida, pensó que todos los mamíferos tenían algún parecido en la mayoría de cosas básicas, y el celo de las perras debía tener alguna relación con el celo de otras hembras.

Lo cierto es que la palabra la había escuchado de doña Frida, quien tenía un perro macho que andaba detrás de la Chispa, quien no veía ultimamente en la semana, y tal conducta de desaparecerse era por el tal celo. Una especie de rebeldía que les daba a las perras porque no llegaban a dormir a su casa y volvían cuando les daba la gana. Lo peor es que tal conducta creaba toda clase de pleitos entre chuchos que se competían a la tal Chispa en celo.

-Qué barbaridad, dijo doña Frida, la pobre Chispa debe andar en celo, porque mi Rocky, su perro, no regresa por andar detrás de ella.

-¡Salga de una vez mocosa insolente! le gritó la hermana Zoyla, quien se había puesto roja como su cabello de fósforo.

Sofía salió de su nube mental y corrió disparada del aula para buscar ruta a la cancha de cemento, que a esa hora era igual a un comal sobre las brazas de leña ardiendo.

Ya en el sitio se dispuso a rezar:

Yo confieso ante Dios Todopoderoso,

y ante ustedes hermanos que he pecado mucho

de pensamiento, palabra, obra y omisión.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a Santa María siempre Virgen,

a los ángeles, a los santos y a ustedes hermanos,

que intercedan por mí ante Dios, Nuestro Señor. Amén.

Terminando su primera ronda iba cuando vió una mancha de pericos pasar y surcando el cielo. Tan felices hablando quién sabe qué cosa entre ellos y deseó estar ahí. Volando libremente, diciendo todo lo que pensaba junto a otros parlanchines como ella, sin que nadie la castigara.

Bajó la vista y trató de volver a rezar, pero su mente interrumpió el rezo al reflexionar en qué demonios le había sacado de las casillas esta vez a la hermana Zoyla, que siempre estaba amargada por algo.

La niña no entendía por qué a alguien conocedor de animales y naturaleza no podía responder con la misma suavidad que los curas explicaban las maldades que había que perdonar de los peores villanos como acto de misericordia y humildad.

Perdonarla a ella era algo que la religiosa nunca haría, y ese acto de injusticia la exasperaba. ¿Por qué no puede ser igual de blandita que el Padre José?, se decía a sí misma.

La Misericordia es exclusiva.

Sofía recordaba una clase para madres de familia que escuchaba porque su madre siempre llegaba a traerlas tarde. Aguantaba dos o tres horas de hambre, pasado el tiempo de almuerzo porque ella era quien sostenía la mayor parte de la carga de la casa. Las niñas no se quejaban, pero eso no callaba el chirrear de sus tripas.

Ese día, Sofía contenía las ganas de ir al baño por si su mamá llegaba en cualquier momento y luego ganarse otra regañada por no estar ahí a la hora que pasaban por ella. Pero ese día no aguantaba las ganas, había bebido mucha agua al salir, el calor del día había sido sofocante.

Eran las dos de la tarde cuando se dispuso a ir al baño donde las madres de la escuela más beatas escuchaban la clase de formación del cura traído de España.

Sofía, mientras se miraba en el espejo del baño y gesticuaba muecas de los personajes favoritos que veía los sábados por la tarde, luego se acordó de las injusticias de las monjas tan estrictas. Afanada en esa burbuja de tiempo donde creaba escenas en el espejo, sacó la lengua a la hermana Zoyla unas tantas veces, imaginando que la tenía enfrente y le decía que era una bruja con cabeza de fósforo. La ocurrencia le dio risa, y hasta olvidó por qué estaba en el baño. Mientras reía de sus chifladuras, escuchó la voz de una mujer que hacía una pregunta al cura.

«¿Padre, qué debemos responder ante los ataques que hacen de que la iglesia encubre la pedofilia de sus servidores?»

El silencio era tan profundo que se podía escuchar a un mosquito pasar en la atmósfera.

El cura prosiguió en respuesta, con la suavidad que correspondía a todo lo relacionado a las licencias de la curia.

-Hija, la iglesia es una madre. Y así como tú, que eres madre de los 7 hijos que Dios te ha encomendado, así tú vas a protegerlos aunque caigan en pecado o se equivoquen en el camino, la madre iglesia también cuidará de ellos.

Sofía no había entendido eso de la pedofilia. Su padre se tiraba cualquier cantidad de pedos a toda hora y nadie lo castigaba de ninguna manera, es más, hasta les decía a los demás que no guardaran pedos en las tripas porque luego eso ponía a la gente de mal humor. Eso de la pedofilia era ir demasiado lejos si criticaban a los pobres sacerdotes por tal cuestión. Era mera biología, como lo que ella le había cuestionado a la hermana Zoyla.

Se acomodó el uniforme y salió del baño con sigilio, ese no era el baño que debía usar ella, pero era el más cercano.

Salió del salón y pasaron varios años cuando comprendió a la perfección la respuesta del religioso que justificaba el encubrimiento de tal vejación.

Habían pasado décadas y lustros luego de ese capítulo en que tuvo que rezar el Yo pecador por una pregunta tan sencilla e inocente, completamente legítima y lógica para su cabecita infantil.

Cuando comenzó a preguntarse el porqué de las injusticias y encubrimientos, arbitrariedades de las intituciones que se acreditaban las reglas del cielo, sintió que era momento de dejar de usar sus porqué y entendío para qué lo hacían.

Sofía se volvería una hereje silenciosa, inadvertida quizá, pero caminaría por la puerta angosta, donde los rechazados o tildados de rebeldes pasan sin problema, porque sus preguntas son más anchas que el espacio confinado de los dogmas.

 

 



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