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Historias de Sofía: cap. 1

Written by on septiembre 10, 2022

Por Jennifer Barillas.

Un hombre de complexión fornida, entrado ya en la década número cuatro; atlético, alto y bien cuidado, su cabello obscuro que ya dejaba notar las platinadas canas en sus sienes y la parte superior del cráneo. Hacía más de dos décadas había sido un gran atleta deportivo de tenis y había colgado medallas de oro en su pecho, orgulloso de sus logros.

Tenía una carrera profesional sobresaliente, una familia de esposa, dos niños y, hasta un perro. Su piel de bronce y oro sobresalía del atuendo blanco de algodón. Un hombre atractivo que manaba un aura de poder y éxito, conocido en el mundo occidental por lo menos como éxito.

El visitante teníá una sonrisa perfecta, un rostro bien cuidado. Su vanidad era notoria, y sin duda tenía un séquito de mujeres que caían a sus pies con un chasquido de dedos, y por supuesto, de su chequera. En ese mundo donde lo monetario es tan importante, es difícil notar quién está de tu lado con absoluto deseinterés material.

Parecía que lo tenía absolutamente todo. Salvo una cosa, su felicidad.

Cada tanto visitaba a la anciana, quien ahora había cobrado fama afuera de la montaña. Todo comenzó porque los propietarios de las fincas cafetaleras habían recibido recomendación de sus colaboradores del campo.

-«Quizá doña Sofía pueda ayudarle jefecito», respondían los lugareños a sus patronos, luego de verlos entristecidos e insatisfechos, o estresados en demasía por la vida y sus vueltas de ruleta rusa.

Ella, la señora de la montaña, tenía un pasado no menos tumultoso, que el de sus visitantes.

Durante su juventud participó activamente en filosofía oriental. Doña Sofía, como la conocían en la montaña, había sido líder de un movimiento pacifista, pero luego tocando sus sesenta años decidió retirarse. Hoy se dedicaba a vivir en reflexiones y tareas domésticas que le demandaban una vida sencilla.

Un hogar de perros y gatos , a los que los niños y jóvenes de la zona le ayudaban a sustentar, curar y mantener. Un huerto casero, del que ella se hacía cargo con amor. A veces, como ejercicio ponía a trabajar a sus «espejos», como ella le decía a quienes la consultaban. Algunos pensaban que era curandera, otros sobadora, otros bruja, algunos chamana… pero en verdad utilizaba más el sentido común y la intuición, que poderes sobrenaturales. Simplemente su educación le había permitido conocer de herbolaria, medicina natural, sabiduría oriental y remedios caseros accesibles a la gente menos favorecida. Desde niña había leído tanto que a veces las enseñanzas modernas se le mezclaban con las ancestrales y creaba cualquier cantidad de soluciones creativas entre medicinales y filosóficas que siempre le daban un resultado favorable para sus visitantes.

Ella sabía que no hacía nada más que dejar que la sabiduría fluyera y ponerse en actitud de servir para que todo resultara en bien de quien llegase.

Era una mujer de vida bastante simple. Una mata de cabello gris, una piel que denotaba su edad, pero que contradecía por completo la gracilidad de movimientos, y la agilidad con la que hacía todo en su casa. Podía pasar horas sentada en la misma postura sin quedar entumecida. Su cuerpo era atlético y liviano, más parecido al de una bailarida de ballet retirada.Siempre sonriente y vivaracha.

Recibía a las  personas con una amplia sonrisa, y tejía guirnaldas de bugambilias, que las niñas de la montaña le ayudaban a crear para que los asitentes se llevaran algo de recuerdo, de la belleza, lo efímero, lo temporal y pasajero de la existencia humana. Honraba muchas cosas con ello.

Cuando había conversaciones serias, procuraba aderezar la tristeza con un poco de humor, conocía bien el poder de una buena risa para curar dolores difíciles de sacar del cuerpo y del alma.

En la cabaña, al corazón de la cordillera del bálsamo, la mujer vivía con distante frugalidad de lo que parecía más civilizado, o tal vez no.

Ese día, un sábado a las cuatro de la tarde, el hombre tenía cita con doña Sofía. Siempre llegaban vestidos de blanco. Por alguna razón todos habían adoptado ese atuendo sin que ella hubiese impuesto regla, pero al parecer todos habían entendido el mensaje tácito de que llegasen así.

Había llovido, como era normal en septiembre. El caballero había ensuciado sin intención, el ruedo de su pantalón de algodón blanco. Molesto por pisar suelo rústico, acostumbrado a losas y aires acondicionados, suspiró y trató de guardar compostura, pese a lo que consideraba una deplorable presentación para una reunión importante.

Se descalzó al entrar y tomó los 10 minutos de meditación previa que había que hacer a solas en la antesala, previo a la reunión con la anciana.

La pregunta.

Luego de encender de nuevo otra varita de incienso, y sentarse derecha en la alfombra. El hombre se sentó frente a ella para conversar. Esa tarde nadie más había llegado, salvo por la mañana, que una pareja de padres jóvenes, aturdidos por la educación de sus trillizos, que los hacía sentir agotados y culpables por tanta demanda del cuido.

Inhalaron y exhalaron juntos para inciar la conversación. «Con el cuerpo suelto se piensa mejor», decía ella.

Recitaron frases de gratitud y se hicieron una reverencia en reconocimiento del maestro interior que cada uno portaba, la chispa en común que unía sus personas con el infinito.

-Es que ella no entiende mis necesidades, ni me escucha. Replicó, el caballero, luego de intruducirla a las dolencias de las que padecía en su hogar.

La anciana le dijo, con calma:

-¿Por qué deseas que ella se haga cargo de tus necesidades emocionales?

-Porque yo si la escucho, pero ella a mí no. Le doy todo lo que desea, hasta más, pero no parece satisfecha con nada. Yo he tratado de cambiar, pero ella no. Todo sigue igual, y parece que solo yo me equivoco, respondió, volviendo a tensar el cuello.

Me vive reprochando mis defectos, y ella no se ve en un espejo, me enfurece que no sea humilde, que no se de cuenta que yo estoy haciendo mi mejor esfuerzo.

-¿Por qué deseas que ella se haga cargo de tus necesidades emocionales? Inquirió de nuevo.

-Porque yo si lo estoy intentando, en una relación ambos deben poner de su parte, volvió a contestar.

-¿Por qué deseas que ella se haga cargo de tus necesidades emocionales? Con los ojos entrecerrados, repitió la pregunta.

-Porque una vida en pareja sana ambos se cuidan y se escuchan, tratan de cambiar sus errores juntos, contestó, tratando de estar consciente de que su respiración se acortaba de nuevo.

-¿Por qué deseas que ella se haga cargo de tus necesidades emocionales? decía la anciana, sosteniendo la mirada fija en el hombre.

-Porque si no me perdona me duele, siento que no me ama, pero yo si la amo a ella. O por lo menos, todo este tiempo lo hice, reflexionaba, mientras dejaba caer la mirada al piso, con dolor.

-¿Por qué deseas que ella se haga cargo de tus necesidades emocionales?

El hombre elevó la mirada a ella, disafiando la pregunta.

-Pues no se está haciendo cargo de mis necesidades emocionales, solo estoy diciendo que ella no es recíproca. La miró a los ojos y guardó silencio. Reflexionó esta vez sobre la pregunta que le había estado haciendo a ella. Cambió su semblante, satisfecho, como si hubiese pillado a la anciana en algún tipo de juego.

Luego se detuvo, reflexionó, y volvió con una pregunta.

¿Qué quieres decir con que ellas se hace cargo de mis necesidades emocionales?

Ella se quedó viendo con calma y sonrió.

¿Por qué crees que la reacción de ella es lo que te dará la paz que estás buscando?, Si ella mostrara o reflejase de otra forma tu necesidad emocional insatisfecha, volverás de nuevo aquí con el mismo problema, por tanto, hay que trabajar en la raíz del problema, no en los frutos.

No justifico su actitud, lo que ella haga no es lo más importante. Lo importante es tu necesidad insatisfecha. Que la has puesto en manos de otra persona para que te sientas bien.

Por eso te vuelvo a preguntar ¿Por qué deseas que ella se haga cargo de tu necesidad emocional?, o dicho de otra forma ¿Por qué esperas que sea ella quien deba responder, agradecer, elogiar, notar… tu cambio?

¡Porque somos pareja! Vociferó exasperado.

La anciana no se alteró con el grito, tomó una respiración profunda y soltó los hombros mientras lo miraba fijo a los ojos.

Antes de tenerla a ella en tu vida, te tuviste a ti. Trabaja en ti primero, trabaja en tu parte insatisfecha para luego poder ver las carencias de los demás con la compasión necesaria. Así te darás cuenta de que lo que hagan los demás hacia ti, no es más que un reflejo de lo que no saben darse a sí mismos.

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Comments
  1. Carlos   On   septiembre 10, 2022 at 7:54 pm

    Muy cierto el cierre de tu escrito. Ademas compagina perfectamente con las dos reglas universales de oro. Gracias por compartir.

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